¿Un placer medieval?

23 Oct

 “Que otros se jacten de las páginas que han escrito;

a mí me enorgullecen las que he leído”

Jorge Luis Borges

ImagenSiempre me gustó el olor de las bibliotecas, ese aroma a viejo, a polvo, a magia. En cada una de las escuelas por las que transité eran mi lugar preferido. Las bibliotecarias se convertían en mis amigas, alegres porque alguien viniese a sacar de su letargo a aquellos libros olvidados en húmedos estantes.Leer no constituía para mí un hobby, una obligación escolar o siquiera una tarea de auto superación, era un vicio, una pasión, una arrolladora necesidad de sumergirme en pensamientos ajenos. El hábito de lectura lo heredé de mi madre, su mesita de noche estaba siempre ocupada por un ejemplar distinto y desde que tuve uso de razón me encontré en una casa donde los libros poseían un lugar especial.

Fui una lectora precoz y desorganizada, de los libros con ilustraciones, pasé al primero que solo tenía letras, Los cuentos de la nana Lupe, luego a Sandokan y al Corsario Negro y de ahí a clásicos de la literatura soviética como Un hombre de verdad y A solas con el enemigo.

Todo lo que tenía a la mano lo leía y nada me molestaba más que mi familia me prohibiera alguna que otra obra por considerarla inapropiada para mi edad. Cuando pude ir sola a las ferias del libro, toda mi felicidad era acumular un presupuesto digno, que por cierto jamás me alcanzaba, y adquirir los volúmenes que me gustaban y que incluso llevaba meses persiguiendo.

De mi intenso romance con la literatura nació otra costumbre o manía, no poder dormir si antes no leía algo; y así fui acumulando libros y libros, de tal forma, que no sé si mi cuarto es mío o de ellos. Sin embargo, hace unas semanas me percaté de algo preocupante, hacía varios meses que ninguna obra literaria pasaba por mis manos, incluso allí, en el estante, muriéndose de la soledad, se encontraban algunas sin leer.

¿Qué había pasado? Realmente no había tenido tiempo, o para ser sincera no lo había hecho. Era la universidad que me absorbía, la tesis que me tenía horas frente a la computadora, el trabajo que me agotaba, lavar la ropa, fregar los platos, limpiar la casa y cuando me quedaba un tiempecito la serie que me “enganchaba” y la última película de Almodóvar que no podía dejar de ver.

De más está decir que me dispuse a reparar el agravio al mundo de las letras, ese que me hizo ser quien soy y que siempre está ahí para mí a despecho de la tecnología y sus cantos de sirena. Decidí entonces releer a uno de mis autores preferidos, Saramago y esa obra maestra suya que es El evangelio según Jesucristo.

Ya recuperé mi más preciado hábito, cura contra el estrés, amigo si necesito consejo, con la frase oportuna para cada problema; pero no pude evitar la reflexión y percatarme de que muchos de mis amigos y conocidos ya no leen tanto o casi nunca lo hacen. Pero al mirar a la generación de mis sobrinos, entrados ya en la adolescencia, percibí que la mayoría no va más allá de los textos escolares.

Y me preocupa porque leer literatura, ya sea en el formato tradicional, en el monitor de una PC o en una tableta, le brinda al ser humano posibilidades infinitas de aprender, de sentir emociones diversas, de ampliar su mundo espiritual y esencialmente, de consolidar su cultura.

No creo que los videojuegos, las series televisivas o los filmes en tercera dimensión sean capaces jamás de sustituir ese encuentro íntimo con el libro, donde cada personaje toma forma al gusto del lector y su imaginación; ese placer de revivir una historia en el ómnibus, en el parque o en la soledad de nuestra habitación.

Creo que es imperativo para toda sociedad y en especial para la nuestra, acercar a las nuevas generaciones al libro no solo como opción educacional sino además recreativa y de enriquecimiento personal. La escuela y la familia deben actuar de conjunto para que la lectura acompañe a cada ser humano en su formación y en el descubrimiento de la vida.

Leer no está pasado de moda, no constituye un goce del Medioevo, ni una posibilidad reñida con los tiempos convulsos que vivimos. No dejemos que el ritmo de este siglo nos arrebate la maravilla de encontrarnos con la literatura. Reservemos una parte del día, aunque sea pequeña, para disfrutar de un relato donde no hace falta director, camarógrafos, actores ni vestuario, porque todo eso lo pone nuestra mente.

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