De mi primer amor, la inocencia y otras cosas

10 Feb

De lupas y catalejos

Lo más bello de los amores de infancia es que no tienen expectativas, ni sospechas, son los más generosos y los menos complicados. Lo más bello de los amores de infancia es que no tienen expectativas, ni sospechas, son los más generosos y los menos complicados.

No voy a caer en reflexiones tremendistas propias del 14 de febrero y los días cercanos, ni tampoco a hablarles del amor de mi vida – me asustan las declaraciones absolutas – , sino de mi primer amor, el más inocente, el más dulce, aunque no precisamente y, por suerte, el más largo ni el más intenso.

Por aquellos años yo lucía unas copiosas motonetas, coronadas con dos lazos rusos de color “amarillo pollito”. El cerquillo me tapaba las cejas porque mi pelo era lacio como una tabla y no precisaba de torniquetes, planchas o cualquier otro instrumento de tortura. La saya me tapaba las rodillas y mi pañoleta se las arreglaba para lucir siempre un nudo asimétrico.

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