Silvio, los admiradores y la locura

11 May

De lupas y catalejos

A la izquierda, mi esposo el trovador Rey Montalvo. A la derecha, Silvio. Y en el centro yo, impresionada y a la espera de la firma, como una admiradora más. A la izquierda, mi esposo el trovador Rey Montalvo. A la derecha, Silvio. Y en el centro yo, impresionada y a la espera de la firma, como una admiradora más.

Silvio se ruboriza. Es el caos: uno tras otro se suceden los flashes, las manos sudadas en busca del ansiado autógrafo, las frases nerviosas, a veces incoherentes, los tartamudeos; pero él adivina los significados y se somete a lo que parece tortura, a la masa que se niega a dejarlo marchar sin apropiarse de alguna evidencia material del encuentro, como si la magia pudiera llevarse en la cámara, en un pedazo de papel, como si tanta música no trascendiera al hombre.

Le cuesta zafarse; busca en el horizonte un posible salvador, que tarda en llegar.

Y, al fin libre, se marcha silenciosamente, casi como disculpándose.

Silvio se avergüenza. Tal vez todavía se sienta como aquel muchacho que solo tenía una…

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