Voy a tatuarme la piel… ¿para pensar en ti?

19 Ago

De lupas y catalejos

Lina no lo pensó mucho. Aquel febrero, acompañada de una amiga, fue a su cita con el tatuador y pidió que le plasmara debajo del ombligo: “Ernesto”. Era el regalo para su esposo por el Día de los Enamorados; de más está decir que a él le encantó.

Y pasaron uno, dos… cinco años de felicidad. No imaginó nunca que su relación terminaría de forma convulsa y, aún cuando Ernesto le pidiera el divorcio y ya tuviera otra relación, ella seguiría viendo su nombre cada vez que se desnudara frente al espejo.

Lo más penoso vino después, cuando conoció a Adrián. ¿Cómo explicarle que debajo de la ropa llevaba aquel apelativo, fruto de un afecto que un día pensó sería eterno? Él, aunque no dejó de sentir celos, al final lo entendió; pero Lina solo tiene un deseo, desprenderse de esa marca que califica como producto de su inmadurez.

A…

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